Esta es una foto del gran San Juan Bosco, fundador de la Congregación Salesiana. Se nota la expresión eminentemente sacerdotal, pero de un hombre del pueblo. Nadie se imaginaría que él había nacido en una capa social alta. Es un campesino que se convirtió en sacerdote, y esto era una gloria para él.
Hay algo en él de verdadera majestad. ¿En qué consiste tal majestad? Analizamos su fisonomía: el pelo medio revuelto, con un mechón que cae un tanto arriba de uno de los ojos, y una risa que le da una cierta elevación y dignidad. Las orejas son grandes, lo que aumenta aún más la impresión de la altura de la cara. La nariz, sin tener nada de disforme, es bastante larga y resalta la extensión del rostro.
Los ojos revelan a una persona que es consciente de que la altura de su rostro es sólo un símbolo de la grandeza de su alma. Y hay en él algo de resuelto y de triunfal, de alguien que triunfó o está triunfando sobre toda especie de obstáculo. ¡Encantado y elevado! El triunfo de San Juan Bosco consiste en ello.
Él no está pensando en sí, sino en la fuerza de Nuestra Señora Auxiliadora, su gran protectora, que le ayudaba en las victorias que obtenía. Él contempla la gloria de Aquella que, en su persona, venció. Está considerando entusiasmado la victoria de Nuestra Señora Auxiliadora.
Con la cabeza alta, se tiene la impresión de que él siente que todo está situado por debajo de esas victorias.
Este es el nobilísimo San Juan Bosco.
(*) Extractos de la conferencia proferida por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira el 21 de mayo de 1983. Sin revisión del autor.
Hoy es la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Podemos añadir algunas palabras a esta importante devoción. Creo que de los muchos aspectos que esta devoción tiene, uno parece haber sido lo suficientemente acentuado y es el siguiente: uno es consciente de que, para el Reinado de María, una verdad fundamental es la mediación universal de la Virgen. Porque para que Nuestra Señora pueda ser verdaderamente Reina, es preciso que ella pueda estar junto a Dios todo lo que Ella quiera, pues es por esta forma que Ella podrá gobernar el mundo.
Nuestra Señora – por su propia naturaleza humana, como la nuestra – no tiene más poder sobre los astros, sobre los hombres, del que tenemos todos nosotros. De manera que, para tener el reinado de todo el universo, para ser la Reina de todos los Ángeles, la Reina de todos los Santos, la Reina de todos los hombres, la Reina de todo el mundo material y dominadora terribilísima y completa del demonio, Ella necesita tener la gracia de Dios. Y es exactamente como punto de convergencia de todas las gracias de Dios que es Reina. La omnipotencia de Nuestra Señora ha sido muchas veces y muy adecuadamente llamada «omnipotencia suplicante«, porque es por medio de la súplica que Ella hace, que puede todo. Porque puede todo junto a Aquel que es omnipotente, y por eso es Reina.
La realeza de Nuestra Señora está en una conexión íntima con el hecho de ser el canal de todas las gracias. Es reina de todo porque todas las gracias que se dan a los hombres son concedidas por sus manos. Todos los pedidos que los hombres hacen son presentados por medio de Ella. Si todos los santos y ángeles del cielo pidiesen algo que no fuera por medio de Ella, no lo obtendrían. ¡Ella sola pidiendo, sin ninguno de ellos, lo obtiene! De tal manera el foco de la predilección divina se concentró por entero en Ella. Y parte después para toda la creación. Hay, por lo tanto, una especie de correlación íntima entre una cosa y otra.
Las apariciones de Lourdes son las más célebres de una serie de otras apariciones de Nuestra Señora en el siglo XIX. Tales apariciones culminan con Fátima (en 1917), con la afirmación del Reinado de María. Las de Lourdes son como – en medio de las densas tinieblas actuales – puntos blancos anunciando que el Reino de María vendrá; constituyendo una claridad del Reino de María.
En Lourdes, pero también en cada una de estas apariciones, sería muy interesante estudiar la presencia de la idea de la Mediación Universal de las gracias y del Reinado de María. Especialmente en Lourdes, uno se podría preguntar lo siguiente: ¿Por qué Nuestro Señor no dio esa fecundidad estupenda de milagros a un santuario dedicado a Él?
En Francia, por ejemplo, hay un santuario magnífico consagrando una devoción estupenda a Su Sagrado Corazón, que es el de Paray-le-Monial, donde Nuestro Señor hizo sus revelaciones a Santa Margarita María Alacoque. Él podría perfectamente hacer que esos milagros ocurrieran allí y en todos los demás santuarios consagrados a Él. Pero Nuestro Señor quiso que la mayor fuente de milagros que hubo en la Historia sean dedicados a Nuestra Señora. En otras palabras, que aquellas curaciones sólo se obtienen bajo la protección de Nuestra Señora, después de una aparición de Nuestra Señora, como una gracia de Nuestra Señora y mediante un pedido hecho a Nuestra Señora. Es decir, en Lourdes Él quiso que todas esas curaciones estupendas pasasen por las manos de Ella.
¿Para qué? Evidentemente para documentar la verdad de fe de la Mediación Universal; para que los hombres entendamos bien hasta qué punto Ella puede todo. Las peores enfermedades, los mayores males, los sufrimientos más horrorosos. Ella cura; toma las leyes más inflexibles de la naturaleza y las elimina. ¡Ella vence todo! Por ejemplo, una persona que ve sin nervio óptico. Es tal el dominio de Nuestra Señora sobre la naturaleza, ¡cómo no se puede imaginar! Esto se hace por medio de Ella. ¿Por qué? Para mostrar que todas las gracias vienen por su intercesión. Y la presencia de todas las gracias en las manos de Ella para ser distribuidas, a su vez, significa que Ella es la Reina del Cielo y de la Tierra. Y por Ella pasa todo.
Con ocasión del 23° aniversario del fallecimiento del influyente pensador católico brasileño, Plinio Corrêa de Oliveira, reproducimos a continuación una brillante semblanza realizada por el cardenal ecuatoriano Bernardino Echeverría, de grato recuerdo para nuestro país, publicado en el diario «El Universo», Guayaquil, el 12 de noviembre 1995 (Pág. 4, cuerpo B, sección religiosa).
La inesperada noticia de la muerte de Plinio Corrêa de Oliveira nos ha movido a pensar en algunos capítulos de su vida y nos ha invitado a reflexionar que, mientras más intensos sean los males de una época, más severas son las figuras que la Divina Providencia llama a hacerles frente, lo cual es un reflejo de su designio de combatir las crisis, suscitando almas de fuego. No obstante, también sucede que esas almas son objeto de los ataques más apasionados e infundados, con que se las pretende callar, lo que es una muestra de la obstinación que a menudo penetra en el espíritu de ciertas categorías humanas.
Sin embargo, cuando las figuras son grandes de verdad, sus adversarios no consiguen abatirlas ni silenciarlas, porque los ataques injustos terminan destacando —aunque sus autores no lo quieran— las cualidades de esas almas de elección. Fue lo que sucedió con el Divino Salvador: atacado, vilipendiado y martirizado por sus verdugos, mas su Luz brillará inextinguiblemente hasta el fin de los siglos en su Iglesia, a pesar de los esfuerzos de tantos por destruirla.
Christianus alter Christus — El cristiano es otro Cristo: algo análogo sucedió con Plínio Corrêa de Oliveira, durante décadas, hasta su reciente y lamentable fallecimiento. En verdad, difícilmente fue posible mencionar su nombre en el último tiempo en nuestro continente, y aun en la mayor parte de Occidente, sin desatar, al mismo tiempo, aplausos y admiración, de un lado, y verdaderas tormentas verbales contra él, de otro, siempre tan impregnadas de pasión como carentes de fundamento.
En efecto, era frecuente que la furia de los ataques que él sufría no fuese acompañada de argumentos, por lo cual su exposición serena, invariablemente cortés e incisivamente rica, clara y contundente disipaba las objeciones, ponía las cosas en su lugar, lo cual, a pesar de merecer la gratitud de sus contrincantes, porque elevaba el tono de la polémica, a menudo desataba odios, resentimientos y despechos.
En los anos 40, cuando el nazi-fascismo era una moda ante la cual tantos claudicaban en Europa y América, la pluma de Plínio Corrêa de Oliveira denunció con valentía la impostura neo pagana, socialista y gnóstica que inspiraba esa aberración, con lo que preservó muchos ambientes católicos de esa influencia nefasta.
Hoy, cuando es un lugar común atacar al nazi-fascismo —entre otras razones, porque es fácil lanzar diatribas contra errores que tienen un número ínfimo de adeptos— no es raro encontrar entre sus pretendidos enemigos de hoy a sus cómplices de ayer, quienes, sin embargo, callan o murmuran contra Plinio Corrêa de Oliveira, que criticó con lucidez y valentía esa impostura, cuando ella estaba al borde de dominar el mundo.
Después de la Segunda Guerra, la Historia giró y muchos de los antiguos adeptos del nazi-fascismo se volvieron contra él, pasando la tendencia a la contemporización con el enemigo mortal, a ser ejercida comúnmente a favor del marxismo, con lo cual éste obtuvo, a partir de entonces, avances gravísimos en todo el mundo, en desmedro de decenas de millones de víctimas. Una vez más, Plínio Corrêa de Oliveira se mantuvo intrépido en la trinchera polémica, ahora contra el comunismo, el socialismo y sus colaboradores, durante largas décadas, porque la Revolución fue pertinaz en impulsar esa aberración en todas las naciones.
Infelizmente, los ambientes católicos, que no habían sido inmunes a la infiltración nazi-fascista, tampoco escaparon a la del marxismo, habiendo muchos ejemplos de condescendencias gravísimas con ese error, lo cual producía una inclemencia airada contra quienes las atacaban.
Obviamente, la postura de Plínio Corrêa de Oliveira no era meramente antinazista o anticomunista. Ambas cosas eran efecto de una posición doctrinaria católica, enteramente coherente y notablemente fogosa, en defensa de todos los principios de la Iglesia, mas especialmente de aquellos que eran vulnerados por los enemigos más virulentos, porque su preocupación primordial en el apostolado era la apologética, pues quería que fuese servido por la lógica y la doctrina en todo su vigor.
Aún en su juventud, hace más de medio siglo, publicó una obra que hasta hoy conmueve las conciencias, En defensa de la Acción Católica, por la cual recibiera una cálida felicitación de Pío XII, enviada por Mons. Giovanni Batista Montini, Substituto de la Secretaría de Estado, quien, décadas después, fuera elevado al Solio pontificio con el nombre de Paulo VI.
La obra causó entusiasmo en unos y escozor en otros, pues denunciaba errores que germinaban en los ambientes católicos, con los cuales algunos tenían indulgencia y otros indiferencia, mas en los cuales Plínio Corrêa de Oliveira veía —como la Historia lo confirmó— gérmenes de una gran crisis futura en la Santa Iglesia. Considerando la Historia reciente de forma retrospectiva, al recordar esa lúcida advertencia y el verdadero cataclismo que sacudió en las últimas décadas a la Iglesia y que aún no termina, no podemos sino exclamar: ¡ah, si esa voz hubiese sido oída…!
Su libro «Revolución y Contra-Revolución» fue traducido a más de 20 idiomas alrededor del mundo.
En verdad, no se necesita tener mucha sabiduría ni gran celo para ver el peligro que proviene de los males poderosos y manifiestos, mas ambas cualidades son indispensables para notar el riesgo que ya significan cuando están naciendo. Pues bien, Plínio Corrêa de Oliveira sabía ver desde lejos los peligros y denunciarlos, esmerándose especialmente en revelar los más ocultos, aún cuando esto le costase amarguras, porque esas actitudes con frecuencia frustraban los planes de los enemigos de la Iglesia.
Su deseo era que las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo impregnasen a fondo la sociedad contemporánea, según el lema de San Pío XOmnia instaurare in Christo, que tanto conmovió al mundo católico en los albores de este siglo y que, desde entonces, inspiró la acción de los mejores apóstoles.
Su obra Revolución y Contra Revolución, publicada en 1959, analiza la historia de los últimos siglos y la situación del mundo contemporáneo, mostrando que un proceso corroyó a la Cristiandad y pugna por destruir sus restos, para instaurar un régimen en todo opuesto a la Ley de Dios.
Ante ese proceso, el católico auténtico —como señala San Pablo— no puede conformarse con el siglo presente (Rom. 12, 2), es decir, no puede querer un modus vivendi entre la Iglesia y las tendencias que dominan el mundo, sino que debe querer para Ella y para la civilización cristiana una vigencia plena y un brillo aún mayor que en sus mejores días a lo largo de la Historia.
Por eso, el católico debe aplicar cabalmente la sabia y severa sentencia de Nuestro Señor Nadie puede servir a dos señores, y por ello Plínio Corrêa de Oliveira consagró todas sus energías, a lo largo de toda su larga y fecunda vida, al combate intrépido contra ese proceso, para re-cristianizar el orden temporal, rumbo al Reino de Cristo, al Reino de María.
Su último libro Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XIIal Patriciado y a la Nobleza romana —que ya tuvimos ocasión de elogiar— apareció varias décadas después de los últimos discursos del añorado Pontífice, rescatándolos de un profundo olvido en que habían sido dejados y mostrando cuánto bien hubiera hecho al mundo contemporáneo que desde entonces se hubiesen inspirado en ellos los líderes religiosos y temporales.
Su obra se extendió por 27 países —entre ellos el nuestro (Ecuador)— donde el celo combativo del maestro suscitó idealista entusiasmo en sus discípulos, estimulando su piedad, orientando su estudio y su acción, en una época en que los errores doctrinarios, el indiferentismo religioso, las actitudes interesadas y la obsesión por acomodarse a las peores situaciones se van volviendo cada día más frecuentes.
Resta, pues, que pidamos a la Virgen Santísima que, habiendo llamado junto a Sí a quien dedicó su vida a Ella, bendiga la continuidad de su obra en el futuro, tanto más cuanto los acontecimientos presentes anuncian más crisis y conflictos, las cuales para soslayar y vencer es indispensable su ayuda maternal, como muestra la vida de Plinio Corrêa de Oliveira.
En la mañana de Pascua, nosotros, junto con las santas mujeres que fielmente acompañaron a Nuestro Señor en Su Pasión y en Su Muerte, nos encontramos ante Su tumba vacía.
La tumba recuerda la profunda angustia de la muerte y el entierro de Cristo, Dios Hijo encarnado, que deseaba sufrir las más cruel de las pasiones y sufrir la ejecución más ignominiosa conocida en ese momento, para liberarnos para siempre del pecado y de su fruto más venenoso, la muerte eterna. Pero la tumba vacía está llena de luz y dentro de ella está el Ángel de Pascua. Ya no es la tumba sino el Santo Sepulcro, el testigo de un misterio, del misterio de todos los misterios: el misterio del Amor Divino que es nuestra salvación. La tumba está vacía no porque alguien haya quitado el cuerpo del Salvador.
El Ángel de Pascua anuncia a las santas mujeres, y a nosotros, el misterio del que el Santo Sepulcro da testimonio:
No te sorprendas; buscáis a Jesús de Nazaret, quien fue crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mira el lugar donde lo acostaron. Pero ve y dile a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ti a Galilea; allí lo verás, como él te dijo (Mc 16, 6-7).
Dios, en su amor inconmensurable e incesante por el hombre, ha enviado a su Hijo unigénito en nuestra carne humana, para lograr en la misma carne la victoria sobre el pecado, la victoria de la vida eterna. El Señor resucitado nos precede siempre en la Iglesia y siempre está a nuestro lado en la Iglesia para guiarnos en el camino que conduce a la vida eterna.
Nuestra vida humana, por lo tanto, cambia para siempre, de la manera más profunda posible. Desde el día de la Resurrección del Señor, nosotros, que renacemos en Él a través del Bautismo, vivimos en Él. Nosotros, que hemos sido adoptados por Dios el Padre en su Hijo unigénito, que murió y resucitó de entre los muertos, vivimos en Cristo. Estamos vivos en Cristo. Él, vive en nosotros a través de la morada del Espíritu Santo en nuestras almas, va delante de nosotros, nos guía, para que nuestra peregrinación terrenal pueda alcanzar su verdadero destino: la vida eterna en la presencia de Dios – Padre, Hijo y Espíritu Santo – y en compañía de los ángeles y todos los santos.
Por esta razón, San Pablo nos exhorta con toda concreción y gran realismo, ordenándonos: “Limpia la levadura vieja para que puedas ser nueva masa, ya que realmente eres sin levadura” (1 Cor 5, 7). No nos da un orden abstracta o idealista, fuera de nuestra capacidad. Por nosotros mismos, no podemos vivir libres de «la levadura de la malicia y el mal» (1 Cor 5, 8).
Es el Espíritu Santo, a quien el Señor Resucitado envía a nuestros corazones desde Su glorioso Corazón traspasado, Quien nos transforma, para que podamos vivir «con el pan sin levadura de sinceridad y verdad» (1 Cor 5, 8). Ya no somos esclavos de nuestros pecados y del Príncipe de las Tinieblas. Somos verdaderos hijos de Dios, hermanos y hermanas de Cristo resucitado, cooperadores libres con su gracia que siempre es abundante y que nunca falta. Nuestro destino en Cristo, como hijos e hijas adoptados en Él, no es la tumba, sino la vida eterna. Cuando muramos (creo mejor), cuando moriremos, nuestro cuerpo será colocado en la tumba para esperar el día de la resurrección del cuerpo en la venida final de Cristo. El Espíritu Santo, que mora dentro de nosotros, nos hace capaces de lo que de otro modo sería imposible para nosotros: capaces de vivir de acuerdo con la verdad y el amor de Cristo, ahora y en la eternidad.
Cardenal Reymond Leo Burke, Cardenal Patrono de la Soberana Orden Militar de Malta
Ciertamente, enfrentamos los difíciles desafíos de la vida cristiana diaria, de los engaños del maligno y de nuestra propia debilidad. Ciertamente, vivimos en una época tumultuosa en el mundo, una época de crisis sanitaria internacional, de la que sabemos tan poco y de la que recibimos diariamente informes confusos y hasta contradictorios, incluso en la misma Iglesia, acosada por tanta confusión y error.
Pero contemplamos el Santo Sepulcro, y sabemos la verdad de la que es testigo. Nos mantenemos firmes y fuertes, confiando en que el Señor ha resucitado de entre los muertos y que va antes que nosotros y está a nuestro lado en la batalla diaria para permanecer fieles a Él, para vivir de acuerdo con la verdad y el amor que tienen su abundancia e inagotable fuente en SU SAGRADO CORAZÓN. Nuestros corazones, colocados en SU SAGRADO CORAZÓN, reciben la sabiduría y el coraje de vivir fielmente nuestra identidad como verdaderos hijos e hijas de Dios en Él.
Unidos con la Virgen Madre de Dios, con las santas mujeres, con San Pedro y los otros testigos de la Resurrección de Nuestro Señor a lo largo de los siglos cristianos, en resumen, unidos en toda la Comunión de los Santos, contemplamos la tumba vacía de la Señor, el Santo Sepulcro, y recibimos, con confianza, el anuncio del Ángel de Pascua que nos asegura que Cristo ha resucitado y que Él va antes que nosotros, para encontrarnos siempre en la Iglesia, sobre todo, en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
Permítanos, hoy y todos los días, elevar nuestros corazones, unidos con el Inmaculado Corazón de María, a Su Sagrado Corazón. Consagremos nuestros corazones a Su Sagrado Corazón, para vivir siempre en Su compañía, en comunión de corazón con Él.
Se cuenta una historia sobre el santo cardenal Stefan Wyszyński, arzobispo de Gniezno y Varsovia en Polonia y primado de Polonia, quien fue encarcelado por primera vez y luego puesto bajo arresto domiciliario por el gobierno comunista, a partir de septiembre de 1953. Él y quienes lo ayudaron fueron testigo del trato inhumano, de hecho, tortura y ejecución, de tantos prisioneros. Uno de los que lo estaba ayudando durante el tiempo de su arresto domiciliario expresó, un día, temor sobre quién podría llegar a la puerta. El miedo no era infundado. Se dice que el cardenal respondió que, cuando el miedo llama a la puerta, el coraje abre la puerta y no hay nadie allí.
En otras palabras, en tiempos de sufrimiento e incluso de muerte, debemos tener el coraje de aquellos que están vivos en Cristo. No podemos dar paso al miedo, que es un sentimiento natural en tiempos de peligro, pero que Satanás usa para quitarnos nuestro valor cristiano. Más bien, debemos tener una confianza cada vez mayor en Nuestro Señor, que nunca nos abandonará. Si avanzamos con coraje, sí, habrá sufrimiento, pero no habrá derrota. Cuando el coraje abre la puerta, lo que tanto temíamos no estará allí porque Cristo está con nosotros. Más bien, habrá la victoria de Cristo en nuestra carne humana. En la situación actual y más grave en la que vivimos en el mundo y en la Iglesia, recordemos el ejemplo del Venerable Cardenal Wyszyński. Cuando el miedo nos venza, seamos valientes en Cristo, que de hecho ha resucitado y vive en nosotros.
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Depositemos toda nuestra confianza en nuestro Señor resucitado, haciendo completamente nuestra la oración del salmista, cantada tan maravillosamente en este día de la resurrección de Nuestro Señor:
Este es el día que hizo el Señor; Alegrémonos y alegrémonos en ello. ¡Sálvanos, te lo suplicamos, oh SEÑOR! Oh SEÑOR, te suplicamos, danos la victoria (Sal 118 [117], 24-25).
Rezo por vosotros y con vosotros. Seamos fuertes juntos, testigos firmes y valientes del misterio de la verdad y el amor de Dios obrando dentro de nosotros. Por favor recen por mí.
Que su celebración de la Resurrección de Nuestro Señor traiga alegría y paz duraderas a su hogar, y firme confianza y coraje a su corazón.
Cerca de las festividades de fin de año, en los días que las personas ya están pensando en los preparativos de sus encuentros familiares, para celebrar el Nacimiento del Niño Jesús, el país fue sorprendido, nuevamente, por una decisión más de la Corte Constitucional en violación al derecho a nacer, vulnerando también, frontalmente, la libertad de consciencia de los profesionales de la salud.
Infelizmente, en febrero del año pasado se aprobó el aborto en caso de violación, con algunas restricciones, permitiendo la eliminación de un ser inocente en el vientre materno, en vez de castigar a quien realmente lo merece, o sea, al violador.
Apenas algunos meses más tarde, el 11 de noviembre, el lobby pro-aborto consiguió que la Corte Constitucional suspendiese las restricciones mínimas impuestas en la decisión inicial (denuncia, examen médico o declaración juramentada de la presunta víctima). No satisfechos con esa sentencia, los activistas presentaron una nueva acción a la Corte, solicitando que declaren inconstitucional varios artículos de la LORIVE (Ley Orgánica que Regula la Interrupción Voluntaria del Embarazo para Niñas, Adolescentes y Mujeres en Caso de Violación) relativos a la objeción de conciencia y obtuvieron, una vez más, por unanimidad, todo lo que deseaban.
Lo que el lobby de la muerte persigue con tales demandas –escritas, por lo demás, con errores gramaticales que harían ruborizar a un niño– es la liberación total del aborto y la persecución penal a los médicos y profesionales de salud que quieren permanecer fieles al juramento de Hipócrates y a sus principios.
El avance es gradual para evitar reacciones, siguiendo la táctica conocida como “el rebanado de salami”, ya practicada en otros países sudamericanos, realizada mediante la manipulación del poder judicial: se ingresan acciones o demandas, aprovechándose del activismo de ciertos jueces que no escatiman en invadir el ámbito de los poderes ejecutivo y legislativo, emitiendo decisiones favorables al exterminio de niños inocentes. Al final del proceso, como dice el Ab. José Gabriel Cornejo, el ciudadano queda ya no bajo el gobierno de la ley, sino de los jueces (La República, 08-12-22).
Si realmente vivimos en un estado democrático, un tema tan grave y delicado como el aborto debe ser largamente debatido por la sociedad civil y reglamentado en la esfera parlamentaria. Si el lobby pro-aborto evita la vía legislativa es porque tiene miedo de la opinión pública que es mayoritariamente contraria al aborto y ejercerá presión sobre los parlamentarios, amenazando su reelección. La opción por la vía del recurso a los tribunales, junto a jueces no elegidos e inamovibles, muestra cuán “democráticos” son realmente estos activistas: verdaderos déspotas autoritarios que persiguen a quienes no aceptan los dictámenes de una minoría que quiere imponer una verdadera revolución cultural.
El rumbo de los acontecimientos lleva a preguntarse si no estamos caminando hacia una dictadura anti-cristiana, como fue denunciado en el reciente libro póstumo de Benedicto XVI:
“La intolerancia de esta aparente modernidad contra la fe cristiana, no se ha convertido todavía en persecución abierta. Sin embargo, se presenta de forma cada vez más autoritaria, pretendiendo conseguir, con la legislación que de ella se deriva, la extinción de lo que es cristiano en esencia”.
Qué Nuestra Señora del Buen Suceso, cuya fiesta hoy se celebra, nos libre de la plaga del aborto que, al igual que el fratricidio de Caín, atraerá para Ecuador la maldición divina: “La voz de la sangre de tu hermano clama a Mí desde la tierra” (Gn. 18,20-21).
A Ella, levantamos nuestra mirada, rezando como el gran líder católico Plinio Corrêa de Oliveira, fundador del movimiento Tradición, Família y Propiedad (TFP):
Genuflexos y desbordantes de filial esperanza, nos volvemos hacia la imagen regia y materna de Nuestra Señora del Buen Suceso. Y ante Ella imploramos cada vez más fidelidad a la Santa Iglesia, cada vez más coraje en la lucha, y cada vez más éxito en la acción;
Para contribuir a que, en medio de las tormentas que se van abatiendo sobre este mundo impío, se cumpla la radiosa promesa de Fátima: